Gaby
- milfrondas

- May 30, 2020
- 3 min read
Updated: Aug 23, 2025
Todo oscuro y frío. De a poco voy volviendo en mí. Un par de lámparas me encandilan desde adelante. El mundo me da vueltas y hay un olor hediondo a desinfectante. Siento un dolor horrible allá abajo, algo como muy manoseado y un gran vacío. Estoy aterrorizada, pero sin fuerzas para quejarme o llorar. Me dejo hacer. Me acuerdo de que mamá me había dicho que iba a estar bien. En la penumbra hay bultos que se mueven, pero no reconozco quiénes son. Todo se borró desde el momento en que creí que me moría, y ahora…
De a poco me voy acordando: un barrio con calles de tierra en las afueras de la ciudad. Papá nos había llevado a mamá y a mí y nos había dejado en una casa humilde; una verjita, un timbre sucio. Mamá habló. Mirta, la enfermera nos hizo pasar y esperamos en un living pintado de rosa fuerte, cortinas floreadas, cuadros ordinarios.
- Doña Calderón ya viene. No te asustés m’hija, ¿te viniste preparada?
Yo sabía a lo que iba, me había bañado. Pero ¿qué quería decir con preparada? Estaba paralizada del miedo, mi mamá manejaba la situación.
- Sí, trajimos lo que nos pidió– le contestó y le entregó una bolsita de la farmacia.
Cuando Daniel se enteró, me propuso dejar el colegio y casarnos. Sin embargo, su padre ya tenía previsto mandarlo a la casa de unos tíos en Buenos Aires. Igual, él había insistido en acompañarme, él iba a hacer lo que yo quisiera. Pero mis padres me prohibieron verlo, como si él me hubiera hecho un gran daño.
Se abrió la cortina del dormitorio-quirófano pintado de celeste; en su interior había una camilla iluminada por lámparas, aparadores de metal con instrumentos, un biombo y batas de tela ordinaria, colgadas de un perchero. Doña Calderón, una vieja con pinta de no muy limpia, me saludó con sus pocos dientes, tal vez demostrando afecto, o tal vez pensando en los billetes que iba a cobrar.
- Pase, m’hija. Usted espere afuera, señora. Va a llevar como una hora.
Yo hacía fuerza para no llorar, pero por dentro lloraba a gritos por el horror. Busqué los ojos de mamá, un abrazo, una palabra, pero nada.
- Vaya, yo voy a estar acá. - me dijo mamá.
Y entré. Hice todo lo que me dijeron doña Calderón y la enfermera. Me saqué la ropa detrás del biombo y me puse la bata. Me acosté en la camilla y me inyectaron los calmantes. Me pidieron que abriera las piernas y empezaron a trabajar. Tenía los puños tan apretados que hasta me lastimé las palmas con las uñas. De tanto en tanto
Mirta me retaba para que cooperara y esos minutos se me hicieron años. Y el dolor. Y la vergüenza. Y el olor a desinfectante. Y la camilla fría de metal. Y el gusto a llanto en la boca. Hasta que me quedé dormida.
Unos toquecitos en la cara.
–Vamos, m’hija, despiértese.
Después de un rato, me paré de a poco con ayuda de la enfermera y me puse de nuevo la ropa.
- Por unos días te va a doler. Si tenés mucha fiebre o no te para el sangrado, andá a un hospital. Acá no estuviste nunca, ¿estamos? Bueno, andá nomás que afuera está tu mamá.
Salí aturdida, avergonzada. Allá me recibió mamá con un abrazo duro, tieso. Pero por lo menos ahora sí me abrazaba, como si ahí se hubiera solucionado el problema Y ahora sí merecía de nuevo ser su hija.
Volvimos a casa.
Como siempre, la estufa estaba prendida y había el mismo olor a hogar. Sólo que, desde ese día, ya nada volvería a ser igual.
Autora: Mabel Luchetti





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