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Acá estoy

Cada vez me convenzo más de que el amor es un eterno desencuentro.

No está donde tendría que estar. Y está donde definitivamente no debería.

O nos deja vivir en una anemia de soledad, aún dentro de una relación…

O se nos escapa como alguien que vemos pasar en un tren sabiendo que la persona era ésa, pero nuestros trenes van irremediablemente por vías distintas…

O deja caer su ropa frente nuestro y nos hace estremecer hasta los ovarios, cuando no debía ser ni la persona ni la situación…

Y ni hablar de cuando nos carcomen cuestionamientos de lealtad, de parentesco o hasta de sexo.


***


El año había sido particularmente difícil. Mi cabeza y sobre todo mi espíritu necesitaban un escape. Y mi lugar de encuentro conmigo misma es San Marcos. Ahí todo parece que me habla, con un leguaje silencioso y más contundente que las palabras: el manto de estrellas que cubre la noche, internarse entre los cerros bordeando el río o el eco mudo de sentarse sobre la arena en el valle del Quilpo. Toda la naturaleza parece hablarme y debe ser que son los momentos donde la escucho.

Sobre la margen izquierda del río mirando desde el puente, hay dos árboles bellamente unidos. Un algarrobo y un sauce enormes, con los troncos separados y las inmensas ramas entrelazadas formando una sola copa.

Y esa imagen se grabó en mí, como un símbolo muy fuerte, y de tanto en tanto vuelvo a ella.

Preguntando, supe que hay una leyenda que explica su origen.

Dicen que en el tiempo en que los comechingones eran aún amos de sus tierras, vivía una india llamada Ima, hija única del cacique del lugar. Era gentil y mansa y adoraba lavar sus cabellos en el río, en el sol naranja del atardecer. Siendo joven conoció a Gualapí, un indio fuerte y recio, pero sin linaje. Su padre la tenía prometida en matrimonio a Gulumán-Naua, hijo del cacique de una región vecina, poderoso y entrenado para la guerra.

El amor de los dos indios era tan fuerte, que recogieron algunas cosas y se escondieron en el monte. Gualapí era conocedor del valle, y pudieron vivir ocultos un tiempo, en que el vientre de Ima floreció en un niño que llamaron Gualapí-Naua. Cuando el malón por fin los encontró, el despreciado guerrero estalló de furia.

Los golpearon, les ataron las manos y los subieron sobre el alazán con los ojos vendados. Ella iba adelante, él atrás, pero él se mantenía muy cerca, para que ella sintiera que no estaba sola.

El malón, en un ruido ensordecedor de galopes y aullidos avanzaba hacia el pueblo. Ella sólo rogaba gritando:

¡Mi hijo! ¡No lo maten! ¡Dénselo a mi padre! ¡No lo maten!

Detuvieron la marcha sobre la orilla izquierda del río, frente a donde se entraba al pueblo. El que llevaba el chico bajo el brazo se desvió hacia la tienda del cacique, cumpliendo la última voluntad de la madre.

Gulumán-Naua se bajó del su caballo negro y sacó su azote de la cintura. Hizo una seña y bajaron a los fugitivos del alazán y los colocaron cerca de un montículo de tierra, donde los azotó a muerte.

Entre los gritos de la indiada y el clamor de las mujeres que se habían juntado, se escuchaba la voz de Ima y Gualapí, que se decían:

Acá estoy…acá estoy….

Mientras se daban las manos ensangrentadas para irse de este mundo, juntos.

Y con el tiempo fueron creciendo en ese mismo lugar un inmenso árbol de algarrobo, altivo y fuerte, muy pegado a otro de sauce, gentil y manso, que viven con sus ramas entrelazadas, al margen del río. Y a veces, al anochecer, cuando el cielo va cubriendo el valle con su manto de estrellas, se escucha al viento susurrar muy suave entre sus ramas: “Acá estoy…”


***


La historia me conmocionó.

¿Será que de verdad existen amores tan fuertes que superan a la muerte?

¿Será que no está escrito en mi destino vivir eso?

O será que en el reparto me tocó reconocer a quien sí era, pero íbamos en trenes distintos…



 
 
 

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