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Amigas

A Carmen le había costado tanto aceptarlo. Después de la muerte de Anselmo vivó sola unos años, pero sus hijos tenían el corazón en la boca porque estaba débil, podía caerse, y mil otros peligros.

Lloró toda una vida al dejar su casa. Lo entendía, pero nunca hubiese esperado que sus hijos decidieran internarla en este hogar que, eufemismos de lado, era un depósito de viejas.

Al principio el olor a lavandina rancia no la dejaba respirar. Las primeras semanas sintió que iba a morir sofocada, o intoxicada mientras dormía. Lamentablemente no ocurrió. Los días transcurrían en un resplandor beige con un televisor mudo de fondo. Sólo se había traído la vieja navaja de afeitar de su padre. Inconscientemente, estaba dispuesta a terminar con todo si la vida se ponía muy insoportable. Pero no tenía el valor.

Anselmo había sido un hombre serio, responsable por su familia hasta el extremo, muy dedicado a su trabajo. No fue feliz en su matrimonio, pero lograron que sus hijos crecieran y volaran. Su vida se había ido en eso.

Desde que estaba en este lugar, no había querido ver a nadie, salvo a sus hijos. Tampoco había entablado relación con otras residentes.

Pero esa tarde llegó una nueva. Cargaba su propia valija y tenía una apariencia delgada y decidida. Ivonne, se llamaba. ¿Tendría hijos? ¿Por qué la habrían traído?

Carmen sintió por primera vez en mucho tiempo, alguna conexión con alguien. Entendió cómo se sentiría de llegar a este lugar. Lo sabía perfectamente. Imaginó que también le resultaría sofocante el olor y la degradación. Ya tendrían tiempo de conversar.

Le asignaron el cuarto vecino, con lo cual pronto se fueron acercando.

Carmen era madre de familia. Ivonne nunca había tenidos hijos, era su gran carencia.

Ivonne había tenido un hombre, su gran amor. Se había realizado como mujer. Había amado y había sido amada hasta en sus más íntimos caprichos. Le confió que su familia lo conocía, pero nunca llegaron a formalizar. Carmen hubiese querido saber las razones, pero le pareció imprudente preguntar. Su hombre tenía un profundo deseo de viajar, de conocer el mundo, y era de una sensibilidad profunda. Solían tener largas charlas sobre su interior y tenía una risa grave que siempre la había enamorado. Lo había amado tanto…. “lo acompañé hasta el final”, le había contado una vez.

Carmen contaba los logros de sus hijos, de su vida familiar, pero, muy en el fondo, también hubiese deseado vivir un amor así. No tuvo eso. Anselmo no había sido un hombre así, de estar en los detalles, de hablar de sí mismo. ¿por qué tanto destrato? ¿por qué la había hecho tan invisible? Había ido guardando en ella un sordo enojo contenido.

En algunos momentos hasta había temido que él tuviese una historia fuera de casa. Siempre le quedó la sospecha. Ese reloj azul, con la inicial en brillantes. Cuando lo vio, le cuestionó a Anselmo y él lo guardó enseguida. “Nada, nada” – le había dicho – “¡Qué metida! Es para mi mamá.” Pero Irma no era de usar esas cosas. Sin embargo, todo quedó ahí y, con el tiempo se fue acostumbrando que su carácter era así, parco, hosco.

Las dos se habían hecho muy amigas en este tiempo y esa tarde habían acordado merendar en la galería. Después de la siesta Carmen pasaría a buscarla.

Mientras Ivonne terminaba de arreglarse, Carmen se sentó en su cama, y lo vio.

No podía creerlo. El reloj azul con la inicial.

“Ivonne….” Susurró. El reloj…. los viajes de negocios…. la figura a lo lejos en el cementerio…. La revelación le cayó como un rayo. Toda su vida se hizo trizas a sus pies. Todo, todo tomó otra dimensión.

No emitió palabras, pero ahora era su turno. Esta noche usaría la navaja de su padre.



 
 
 

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