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El Loco

Updated: Aug 23, 2025

Hacía rato lo venía planeando. Ya lo había visto muchas veces. Casi todas

mañanas iba hasta el doble alambrado que rodeaba la colonia y, desde entre

las matas, más allá de las palmeras, observaba el aeroclub. Ya lo había visto

muy bien. Primero unos hombres traían el avión desde los hangares hasta la

pista. Tan chiquitos que se ven desde lejos, pensaba. Otro hombre daba

indicaciones y controlaba cosas. Ése debía ser el piloto. Parecía el más

importante.

Dejaban abiertas las compuertas del avión para terminar de cargar cosas, y él

se agachaba y se esforzaba a la distancia para ver cómo era por dentro.

Por último, lo ponían en marcha. El bramido del motor y las hélices girando

eran un llamado para él. Miraba extasiado, con la boca entreabierta, cada

detalle.

Por último, llegaban otros hombres, distendidos, charloteando, con mochilas,

subían al avión y finalmente se cerraban las compuertas. Cuánto anhelaba ser

uno de ellos. Ese deseo lo obsesionaba.

Él escondido detrás de las palmeras, sentía el corazón levantar vuelo también,

cuando el avión despegaba. Se tapaba los oídos por el ruido ensordecedor y lo

miraba pasar sobre su cabeza, y luego sobrevolando los campos vecinos de

bananos y piñas. El calor húmedo, la tierra que se pegaba en su rostro, todo se

desvanecía ante este espectáculo que lo llamaba tan de cerca. Él seguía el

avión con la vista, y a los minutos, ya a la altura necesaria, el avión giraba en el

cielo a lo lejos, y volvía. Se abría su vientre de acero e iban saltando uno a uno,

los hombres de mochila.

Parecía una altura infinita. Y poco después su mochila se abría en un inmenso

paraguas de colores y comenzaba a deslizarse meciéndose en el viento, hasta

la tierra.

Él deseaba, añoraba esa sensación de libertad. Podía sentir el viento, y hasta

estiraba los brazos y levantaba la cabeza, sin despegar los pies de la tierra.

Libertad…felicidad… ¿qué iba a saber lo que eran entre los enfermeros y los

alambrados de la colonia…? ¿…y todos esos como él, que están, pero no

están? Si parecen cáscaras de hombres. Ni un solo amigo se había hecho en

todos estos años. Ni se acordaba si había tenido vida antes que ésta.

Pero había robado una tenaza del depósito. Y había cortado los alambrados.

Tenía preparado el pasadizo y lo había cubierto con ramas.

Ese día era el indicado. Sólo unos metros lo separaban de su libertad. Esperó

pacientemente a que trajeran el avión. Lo vio llegar con una sonrisa. Miró hacia

arriba, e imaginó como se sentiría el viento caliente desde el cielo.

Abrieron las compuertas y llegó el piloto. Tras intercambiar algunas palabras

con los técnicos se alejaron bromeando.

Era el momento. Se coló por el agujero del tejido, con cuidado para no romper

la mochila. Se la había robado al guardia de la noche y la había vaciado. Corrió

agazapado y se metió de un salto en el avión. El corazón le retumbaba en esa

oscuridad marrón metálica. Dio otro brinco y se ocultó detrás de unas cajas.

Llegaron los hombres con mochilas, se cerró la compuerta y después de varias

bromas y recomendaciones, se puso en marcha el motor. Él abría los ojos

inmensos. Hubiese querido gritar de alegría, pero no. Los oídos le punzaban, le

faltaba el aire, pero eso era ser feliz.

Cuando la marcha se estabilizó, se abrió la compuerta. Un huracán invadió el

espacio, pero él no se movió. Se acercó el primero a la puerta, y con gritos de

aliento de sus amigos, saltó. Y así, uno a uno, hacia la libertad.

Cuando hubo saltado el último, él se acercó a la puerta abierta y se aferró de

los costados.

Tomó una enorme bocanada del viento que llenó sus pulmones, mientras,

hacia abajo, veía la imagen más maravillosa de su vida. Abrió los brazos y

saltó.


Autora: Mabel Luchetti




 
 
 

1 Comment


Al final la vida está hecha de saltos al vacío, no? No pude haberlo leído en mejor momento. TQM ;) S


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