Bajo presión
- milfrondas

- Mar 21, 2020
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Los días así, lluviosos y melancólicos eran los peores. Sobre todo, los domingos a la nochecita. Y como no podía desaparecer del mundo, elegía algún café del centro y se ponía a dibujar entre las luces de la calle y el humo de adentro.
Lucrecia estudiaba arte. Y no hacía falta que lo dijera, todo en ella lo anticipaba.
Parecía que la cortaba la nostalgia y la soledad, sobre todo después de que a Susy, su única amiga, la habían encontrado muerta en su casa, a la entrada de la ciudad. Para colmo, con sus padres lejos, a ella le había tocado ir a reconocerla. Casi se descompone del dolor ¿Por qué? ¿Quién? Si era una buena mina, sufrida, que recién se estaba empezando a rearmar después de remarla sola cargando con ese vago, que lo único que sabía era fumar y ver televisión. Ya le había dicho al inspector que ayudaría en todo lo que hiciera falta, con tal que se supiera quién había sido.
Cuando no estás muy convencido de que la vida vale la pena, estos golpes y la impunidad son jodidos.
Se terminó el Gancia y prendió todavía otro cigarrillo antes de salir.
El inspector la llamaba al celular.
- … Sí, soy yo…. Sí, me acuerdo, ¿qué pasa?..... ¿Revisar algunas pruebas?... a ver… y bueno, ¿quiere venirse ahora? Yo estoy en el bar de Juncal y Santa Fe, ¿se ubica?... en cuánto tiempo?... Bueno, dele, lo espero.
Tenía por lo menos veinte minutos de espera. Abrió el block y siguió dibujando, mecánicamente, mientras se acordaba de cómo se habían conocido en el bar de la Escuela de Arte, donde trabajaba Susy. Siempre estaba ocupada. Servía las mesas, limpiaba, atendía los mensajes q le mandaba Oscar al celular. Siempre tratando de ser servicial y amable, enseguida Lucrecia sintió que era el único ser humano que se interesaba por ella y se fueron haciendo amigas.
Me han dicho que te andás haciendo el boludo
con una mina del otro lado de la ciudad.
Mirá, acá las cosas son así: con mi hija no se jode.
Ya sabés que yo bajo un pulgar
y se te acaba la carrera…
La voz de su suegro le martillaba la cabeza.
Susy estaba en pareja con Oscar, un tipo sin trabajo fijo, inestable, al que le gustaban la comodidad y las mujeres, y vivir de lo que ella ganaba. Habían alquilado una casita en la entrada de la ciudad. Ella trabajaba en la cantina y a la noche estudiaba Filosofía. Terminaba agotada.
¡Aaahhh, el señor se siente contenido!
¡Al carajo! ¡Pensá en tus hijos, tu futuro!
Acá hay que ser frío, inteligente…
¡Si sabré! ¡Si las habré pasado yo! Y acá estoy…
Muchas veces lo habían hablado. El tipo la usaba, no le aportaba nada. Bueno, sí, en realidad era compañía. La mejor que había podido conseguir después de salir de la casa de su madre dependiente y su padre alcohólico y depresivo. Siempre era ella la normal de la familia, la que tiraba para adelante y se había buscado un tipo tras otro que le permitieran seguir jugando ese rol.
Mirá, te digo una cosa, pendejo,
si me llego a enterar que seguís con esa historia
yo me voy a encargar
de que te quedes sin familia y sin carrera ¿está?
Y volvés a ser un don nadie
como cuando te casaste.
Ahora, por suerte había aparecido Freddy, abogado, con una carrera política incipiente. En estos últimos meses parecía que había salido el sol en su vida. Por fin un tipo que la trataba bien, la escuchaba, tenían una química que, según ella, hacía temblar las paredes.
Tomá esta tarjeta.
Ahí la van a atender.
Y no quiero un quilombo más
¿está claro?
Eso sí, el tipo vivía lejos y era casado, pero bueno, al fin y al cabo, a ella la hacía feliz. Igual, no era fácil. Se veían a escondidas. No podía contar con él siempre. Le había pedido que no lo llame. Siempre se comunicaba él. Pero era mil veces más feliz que con Oscar.
Lucrecia era la única persona en el mundo que sabía todo esto. Y ahora que empezaba a ser feliz…. Muerta ¿por qué?
Y la lluvia que no dejaba de rasguñar el vidrio con sus manos heladas.
El inspector llegó como media hora después, la saludó y se sentó frente a ella. Sin consultarle pidió dos cafés y fue al grano.
- Mire. Recibí el informe del forense. Por la herida en el cuello sabemos que el asesino es bastante más alto que ella y fuma.
- Pero, oficial, puede ser media ciudad… –comenzó ella.
- Pero el asesino era conocido. Es más, conocido íntimo…
Lucrecia lo miró extrañada, desencajada.
- Habían tenido relaciones antes de la muerte. Aparentemente hubo alguna discusión y ahí cayeron cenizas de su cigarrillo sobre la ropa de ella. Total que el tipo sacó un cuchillo grande de la cocina y la mató.
- Pero, oficial, ¿por qué? -preguntó Lucrecia inconscientemente.
- Señorita, acá el que pregunta soy yo –el inspector se terminó el café de un sorbo, miró por la ventana y continuó- Su pareja, Oscar tiene testigos de haber estado en un hotel alojamiento a esa hora. No fue él. ¿quién fue?
Lucrecia sintió que tenía que contarle sobre el amante. Después de decir todo lo que sabía, concluyó:
- Pero el tipo la quería. No le hubiera hecho daño…
- Debajo de la cama encontramos la tarjeta de una clínica clandestina. Estaba embarazada.





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