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El Delator

Sol del mediodía de julio. Un pueblo en el centro de Italia durante la marcha de los alemanes para enfrentarse con los Aliados en territorio italiano. Se había corrido el rumor. Todos sabían que tarde o temprano llegarían. Y tenían noticias de otros pueblos; cuando los soldados llegaban, elegían alguna finca y tomaban posesión. Incautaban todos los bienes que les pudieran servir, ocupaban las habitaciones principales y ultrajaban a las mujeres, además de hacerlas servirlos como amos. Pero siempre se piensa que no. Que la guerra es algo que ocurre lejos.

Esa mañana aparecieron los vehículos del ejército, con hombres corpulentos de cabellos claros. Se pasearon por el pueblo, rodearon la fuente de piedra de la plaza central y se detuvieron frente a la sede de la comuna.

Encontraron al jefe comunal sentado con su ayudante. Lo golpearon, lo arrojaron al suelo sin que tuviera tiempo si quiera de resistirse. Le dijeron en alemán que, a partir de ese momento, y mientras durara la guerra, ellos tomaban el mando y quedaba prisionero. Tomaron posesión de todo el lugar, haciendo pesar su fuerza, sus uniformes, su poderío.

Dado este paso fundamental, ahora quedaba elegir un lugar que funcionara como cuartel, donde procurar sus necesidades de comida, ropa, descanso y demás. Después de dejar apostadas en la comuna las nuevas “autoridades”, los vehículos militares dieron una vuelta por las calles del pueblo, como para dejar claro cómo era la situación, y tomaron una de las calles que subía hasta las colinas. Al pasar no podían dejar de admirar los campos verdes, sembrados en perfectas hileras, y con casas cuyo estilo no les era familiar.

Al llegar a la última finca, giraron y entraron por el callejón. Ésa era la elegida, que tendría el desafortunado privilegio de ser su base de operaciones. Era una casa con paredes de ladrillos y techos de rústicas maderas. Abajo había un establo con algunos animales, y un galpón. Y arriba, por la chimenea, salía humo de la cocina.

La quinta había vivido muchos años de penurias. El dueño de casa había muerto en la primera guerra. La familia había sobrevivido al hambre y la peste. Marco, el hijo soltero, había dejado a su madre anciana y a la familia de su hermano y había partido a América. Después de un tiempo había comenzado a enviar algún dinero. Esto les había permitido comprar un par de vacas y también semillas y herramientas para trabajar la tierra.

Cuando comenzaban al menos a tener qué comer, se desató nuevamente la guerra y Nazareno, el hermano mayor fue reclutado.

La tarde en que se iba, antes de despedirse de su familia, llamó al peón bajo el olivo del patio y le encomendó que cuide su finca y ayude a su familia.

—“Quédese tranquilo, Nazareno” –le había respondido, con la mirada clavada en el piso.

Un par de años habían pasado. Marco seguía enviando algún dinero de América. Francesca y los hijos trabajaban incansablemente. El peón dirigía la cosecha, vendía en el mercado y repartía la ganancia. Aun así, apenas si alcanzaba para subsistir. A Francesca le extrañaba, pero como no sabía casi leer ni entendía de cuentas, no cuestionaba nada.

Francesca era una mujer regordeta, morocha, temperamental. Solía llevar una blusa escotada, delantal y pollera larga, con el cabello oscuro trenzado hacia un costado.

Ese mediodía, venció el espanto al ver llegar a los soldados y salió a su encuentro hasta la entrada del patio. Por la ventana de arriba se asomaban las muchachas y su hijo más pequeño. Se bajó un soldado que hablaba un italiano rústico. Sin saludar, Francesca lo increpó:

—Ustedes no pueden quedarse. Mi marido está sirviendo en el frente y nosotros no se lo vamos a permitir.

—Ah, ¿no? ¡Usted no entiende cómo son las cosas! Ahora la causa los necesita para vencer a los Aliados. Y acá mandamos nosotros. Además, sabemos que acá hay varias mujeres para atendernos—le recusó el soldado, y miró al que manejaba, que le devolvió una sonrisa grotesca.

Francesca se cruzó indignada frente al vehículo para impedirles la marcha como sea. Con un violento culatazo del fusil en la cara, la tiró sobre el polvo del callejón y les abrió paso a los otros soldados.

El primer vehículo se detuvo un momento frente al establo, y por la ventanilla, alguien arrojó una bolsa con monedas. Y Francesca alcanzó a ver una mano que se arrimaba a recogerla. Era la figura semi escondida del peón.



 
 
 

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