El mantel a cuadros
- milfrondas

- Mar 8, 2020
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Ya es casi la una.
La salsa ha salido perfecta y el agua para los fideos hierve hace rato. Mientras espera a sus tres hijos Margarita retoca el mantel rojo a cuadros. Primero llega Mariela, con su marido y sus chicos. Enseguida entra César, el más grande, bancario, con Adriana y sus dos hijos en la más apática adolescencia.
Margarita ha mirado mil veces por la ventana. Ellos siempre se hacen esperar. Sergio, el menor, es el más alegre y despreocupado. Se casó con Liliana, una promotora devenida en empleada pública, pulposa en sus años, de cabello caoba furioso y recargada de bijouterie que tintinea. Por fin, ya cerca de las dos, hacen su entrada, él apurado, ella airosa, sin los chicos. Aunque jamás lo admitiría, Sergio, y por extensión su familia son su debilidad. Las madres suelen equilibrar, sumando y restando merecimientos a su antojo. Liliana le profesa un profundo y callado desprecio a su suegra. Adriana trata de aceptarla.
Margarita desborda de emoción al ver a todos en la mesa. Parece acariciarlos con la mirada, ahora transformados en hombres y mujeres a esas criaturas que tanto cuidó.
- ¡Mati, sacate los auriculares para comer! –exclama Margarita. Él obedece a desgano.
“Mirá la vieja, si es capaz de decir que yo preparé el postre.” – piensa Liliana – “y mi cuñada, ni una gota de maquillaje… qué poco glamour… tuvo suerte Sergio conmigo…”
“¿Cómo hace para caer siempre con ropa nueva la cuñada? Pero, aunque se vista de seda…. Y ya sabemos la fama que tenía cuando lo engatusó a Sergio” – piensa Adriana.
- ¡Basta ya! – sentencia Mariela, a los chicos y al marido.
Ellos bajan las bolitas de pan, pero ella se sumerge en la angustia: “sin trabajo de nuevo… ¿cómo vamos a hacer sólo con mi sueldo del hospital?”
- ¿Me pasás el vino, César? ¡Eh, César! ¿Qué te pasa, che? ¿Estás enamorado?
Sobresaltado le pasa el vino. Pero se remuerde por dentro ante la imagen de la compañera del banco, de tacos y pollera ajustada que le regala las horas de locura que no vivió en la adolescencia. “¿Habré borrado todos los mensajes?”
Pareciera que bajo el mantel rojo a cuadros discurre un desfile de egos encadenados a las patas de la mesa materna.
Terminado el almuerzo, Sergio anuncia que ha cambiado el auto. Todos lo felicitan y él invita:
- ¡Un brindis, che! Mamá, empezá vos, ¡Te toca por antigüedad! –bromea.
Margarita se toma su tiempo y se hace un silencio.
- Por ustedes… Por la familia.
Brindan en irregular bullicio y salen a la vereda a ver la adquisición. Margarita se queda viéndolos irse. Alisa el mantel una vez más sin pensar y se sienta con una mueca, del dolor en la cadera. Desde la punta de la mesa, con la puerta de calle abierta, los mira.
No tiene sentido decirles lo del análisis y del oncólogo. Si queda poco tiempo
¿Para qué los va a preocupar?





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