Esta vez, no
- milfrondas

- May 6, 2020
- 4 min read
Updated: Aug 23, 2025
Rowena sumerge una vez más su mirada en la laguna brumosa, como si alguien la llamara desde lo profundo. La hermosa granja en New England está abrazada por árboles que desperezan sus ramas desnudas hacia el cielo.
- Hay mucha sangre aqui. Y el agua no la lava. – había dicho una vez a sus padres.
¿Por qué, siendo tan pequeña, pasa tanto tiempo sola, merodeando la laguna? Temen que un día se caiga. O peor, se arroje siguiendo su curiosidad.
A la distancia la ven observar el agua largo tiempo, pensativa. De repente, mira hacia el bosque sobresaltada, como si la estuvieran buscando. Se tranquiliza. Es sólo su viejo gato gris que la acompaña, con sus ojos amarillos de fuego.
Intenta alcanzar una rama y despeina sus cabellos rojizos sobre el vestido oscuro que invariablemente prefiere llevar.
- ¡Tú la consientes, mujer! ¡La has visto desvariar hablando con árboles! ¡O rocas! –reprocha el padre.
- Wrightley, ya te lo he dicho, seguramente es un juego de su imaginación. Pasará cuando crezca, ya lo verás.
Desde la laguna, Rowena le devuelve una mirada desafiante a su padre, como si hubiera escuchado detalladamente la conversación. Wrightley se siente observado y se retira, molesto.
Ahora que ha terminado la recesión, la granja podrá volver a progresar y será necesario contratar a alguien para las reparaciones. No será difícil, ya que llegan a New England muchos inmigrantes, escapando de la Gran Guerra en Europa.
***
Siglos atrás, este mismo lugar tenía una fisonomía muy distinta, y vivía tiempos convulsionados; tiempos donde la iglesia y la moral controlaban hasta los aspectos más íntimos de la vida.
- ¡Confiesa! ¿No has tenido suficiente ya?
El hombre, jadeante, y sostenido de los brazos por dos soldados, apenas puede mantener su cabeza erguida. Una seña del inquisidor y los soldados descargan otra ráfaga de latigazos sobre él.
- ¡Y mírame cuando te hablo!
El prisionero intenta levantar la vista. Cadmun, el carpintero de la iglesia, ha caído en desgracia por cubrir a su mujer, acusada de hechicería.
El pueblo se recuesta entre las sombras, pero tiene como fondo las luces rosadas del atardecer.
Otro chasquido sobre su camisa hecha jirones.
- ¡Ughhhh!
- ¿Dónde, está, tu mujer? ¡Responde!
- ¡No lo sé! – intenta gritar pero su voz es un jadeo.
El inquisidor, con aire de suprema autoridad, hace un gesto al escriba. Éste se arremanga el hábito, y toma nota: “Admite haberla dejado escapar”.
- Cadmun, sabes de qué se la acusa. ¡Lo sabes! ¡Reacciona, hombre! ¡Sálvate de la ira de Dios!
- Se ha ido… no sé dónde está….
- ¡Pues yo digo que esa mujer ha hecho un pacto con el demonio, y ha desaparecido!
- ¡No! Ella no es lo que dicen – y sofoca una arcada de dolor.
- ¿No? Hay testimonios. Hay pruebas de hechicería. – y arroja al suelo hierbas secas y amuletos antiguos de metal.
- Eso no es nada malo. – insiste Cadmun ya sin fuerza.
- ¡Es obra del demonio! ¡Entrégala y sálvate! ¡La desollaremos en la hoguera!
Cadmun cae de rodillas, e inmutable baja la cabeza.
- ¡No me dejas otra opción que seguir la voluntad de Dios! Procedamos. – ordena el inquisidor.
Se encaminan hacia los acantilados con las últimas luces del atardecer. Al salir del pueblo, Cadmun escudriña el bosque. Sabe que en algún lado se oculta su mujer, y sólo espera que logre salvarse. Él conoce su verdadera naturaleza, pero no la traicionará.
Todo el camino transcurre orando, ofreciendo a Dios el alma del impío. Cadmun no opone más resistencia. Se entrega por ella. Muere arrojado al mar, con una inmensa roca atada al cuello.
***
Ha llegado el nuevo carpintero a la granja, un inmigrante escocés llamado Kiaran. Con el pasar de las semanas, va despertando en Rowena un apego inexplicable. Pasan mucho tiempo juntos, lo acompaña en sus tareas. El hombre parece haber quitado los cerrojos y Rowena ha comenzado a hablar y hasta casi se comporta como una niña normal. Sería imposible precisar por qué, pero parecieran conocerse desde antes, desde siempre.
Kiaran le ha obsequiado a Rowena unas cintas para el cabello. Cuando el padre descubre esto, se enfurece de celos, de alarma y sale en su búsqueda enceguecido, con su revólver en la mano.
Los encuentra sentados en el borde de la laguna; se acerca, hecho una furia y lo increpa.
- ¡Eh, tú! ¿Qué pretendes con mi hija? ¿Qué has creído?
El carpintero, sorprendido, se pone de pie, mientras alza las manos en gesto de defensa.
En un instante Rowena, con una fuerza sobrenatural para su edad, levanta un leño del suelo y le asesta un golpe mortal a su padre, que cae inerte sobre una roca de la laguna.
Rowena, fuera de sí, mira a Kiaran con ojos amarillos de fuego, y con una voz que no es de ella, le asegura:
- Esta vez, no te hará daño.
Autora: Mabel Luchetti





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