Kiné y Maura
- milfrondas

- May 17, 2020
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Updated: Aug 23, 2025
Tenía la mirada marrón café perdida en el fuego. No miraba. Pensaba.
Kiné desgranaba choclos para hacer humita, y los iba arrojando a la olla que colgaba sobre el fuego, atrás de la casa. Los eucaliptos inmensos daban sombra sobre la parte de atrás de la estancia. Y a esa hora las negras terminaban las tareas domésticas.
El vestido de algodón blanco percudido tocaba el suelo, pero aun así, parecía impecable contra su piel negra y su pelo oscuro y motoso. Las cicatrices de los brazos, hacía años que ya no le dolían en la piel, pero jamás iban a cerrar en su corazón. Lo había hecho sin pensar. Su papá, el negro Tadeo, hubiera sido incapaz de robar nada. Ese facón se lo había puesto algún otro negro ladino. Y ella, casi niña todavía, no podía ver que lo azotaran de esa manera, así que se zafó de la mano gorda de Naná para ir con él. Y hubo latigazos para ella también. Para que escarmiente y no se le ocurriera a la otra mersa salir en defensa de uno de los suyos. Todo el tiempo que Tadeo estuvo castigado, tirado como un perro, Kiné y su hermana más chica, Maura, estuvieron al cuidado de la vieja Naná. Ella, que vivía cerca, las encaminó en las tareas de la casa, y de a poco se fueron encargando de lavar, almidonar y zurcir la ropa de las niñas de la estancia. Muchas veces Maura, más rebelde, se ponía por encima esa ropa tan fina y se miraba en el vidrio de la ventana. Y se podía ver en su rostro tanto resentimiento, tanto odio. Después volvía a la realidad y seguía almidonando y planchando encajes.
Con los años, Naná murió y Tadeo estaba viejo y enfermo y salía poco de su casilla.
“No puedo. No puedo. ¡No voy a poder! –se repetía Kiné- Pero esta es la oportunidad…. O me voy a morir esclava como mamá y papá…No…No puedo…Me revuelve la panza. Ese viejo, el comerciante, es asqueroso. Pero… la libertad… él me prometió que me iba a hacer llegar hasta el barco, que me iba a hacer esconder… y llegar al puerto de… ¡mierda! ¿cómo se llamaba? Pero dice que ahí son todos negros, como yo. Y de ahí, hacerme la vida de alguna forma…”
“Aunque lo tenga que pagar bien caro… me da asco ese cuerpo blando… esa cara de cochino…” –y de sólo pensarlo, escupía hacia el costado. … “Pero ¿y esto es vida?”
“Para colmo me dijo que no cuente nada, que si no iba a negar todo y me iba a hacer azotar por cuentera”.
“Me espera… me dijo que, si me decidía, estuviera al anochecer en los corrales con mis cosas…”
“Pero… ¿Y Maura?”
Las hermanas habían pasado juntas la muerte de su madre, los desprecios de las niñas de la casa, los primeros amores con otros de los suyos… Sólo se tenían la una a la otra.
No. No la puedo dejar –se dijo- ¿qué va a hacer sola cuando se muera papá? No, señor, yo no me voy nada.
Pero las decisiones son difíciles de tomar cuando se juega el resto de la vida. Y sobre todo, en las decisiones siempre se pierde algo. Es cuestión de elegir el mal menor.
A Kiné se le hizo de noche desgranando choclos, cocinando, revolviendo.
La vio pasar a su hermana que terminaba las tareas de la casa y cruzaba el patio hacia la parte donde los negros tenían sus casas. Maura le dio una larga mirada y la saludó con la mano. Al verla a lo lejos, Kiné sintió que era lo único de su sangre, y que no se había equivocado. Pero igual, lágrimas gruesas le caían por el rostro al dejar pasar la única oportunidad de libertad que tenía en su vida.
Era bien entrada la noche cuando guardó la comida en la cocina y se quedó aún un rato más mirando apagarse las brasas con la cabeza en blanco.
Cuando por fin llegó a la casilla, prendió la luz de querosén y la puso baja para no despertar a Tadeo que dormía jadeante. Al buscar a su hermana se le detuvo el corazón. Su cama estaba armada. Su ropa no estaba. Ella sí había tomado la oportunidad.
Autora: Mabel Luchetti





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