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La voluntad del Arcángel


En un lugar lejano en el tiempo, donde el murmullo de las plegarias se perdía en el viento, existía un pequeño pueblo, un caserío de colonos que trabajaban la tierra. No figuraba en derroteros turísticos ni en grandes historias, pero ese año sus habitantes tenían una gran preocupación, un problema de difícil resolución.

Aquellos maizales, que prometían una cosecha rendidora, abundante, aparecían profanados. Los choclos, maduros y apetitosos se veían desfigurados, carcomidos cuando llegaba la mañana. No quedaba huella del depredador al clarear el día, era como si un fantasma hambriento pasara por las noches. Algunos ya hablaban de la “maldición del choclo” y se santiguaban. Le habían rogado a San Santiago que los protegiera de las sequías, inundaciones y tormentas… pero esto no era una desgracia climática. El pueblo no tenía iglesia, pero un párroco los visitaba de tanto en tanto. Por ejemplo, en julio festejaban a Santa Ana, abuela de Jesús. Era invocada para pedir por la fertilidad, la gracia de tener hijos, y la armonía familiar. Las misas se hacían en un galpón, una mesa oficiaba de altar y en una mesita auxiliar, en un rincón, un inmigrante había traído de su Piemonte natal en Italia, una imagen pequeña de San Miguel Arcángel.

Ante tamaña calamidad, decidieron llamar al cura por una bendición y ayuda espiritual. El padre Lorenzo, una noche, agotado por la inutilidad de sus rezos y con el alma pesada, se arrodilló ante la imagen casi ignorada de San Miguel Arcángel en el rincón del galpón. No oró con palabras artificiosas, sino con un gemido del corazón. "Oh, Príncipe de las Milicias Celestiales," susurró, "tú que eres el guardián y el guerrero, ¿puedes ayudarnos a descubrir quién destruye el maíz?". La respuesta no fue estridente, pero si inesperada.

 A la mañana siguiente, el padre Lorenzo notó algo extraño. La vieja imagen de San Miguel, tallada en madera oscura y pintada, parecía haber... cambiado. El arcángel, que siempre había sostenido su lanza apuntando al dragón bajo sus pies, ahora la empuñaba horizontalmente, con la punta dirigida hacia un sitio exacto donde se cruzaban dos caminos. Lorenzo no dijo nada y esperó. Esperó la noche.

Cuando la oscuridad cubrió el pueblo, intrigado y resuelto empezó a caminar hacia donde apuntaba la hoja de la lanza de San Miguel. Al final del polvoriento camino vio una grieta que no era pequeña, sino un agujero enorme con una boca oscura…una especie de hormiguero descomunal, con bichos descomunales entrando y saliendo. Las hermosas cosechas de maíz, con los choclos asomando, eran su objetivo. Emergían a la noche con sus patas negras y mandíbulas rapaces rumbo a los campos y al amanecer no quedaban rastros. El daño era tan preciso que parecía la obra de una criatura invisible e insaciable.

Al día siguiente, el padre Lorenzo contó lo que había visto, señaló el lugar y así los vecinos lograron combatir la plaga. Los hombres, con gran determinación echaron baldes llenos de insecticida casero y pisotearon las grandes hormigas al tiempo que sus almas se tranquilizaron sintiéndose pequeñas versiones de un Arcángel aplastando a Lucifer. Con escobas y palas en mano, exterminaron a las hormigas. La tarea fue ardua y cansadora.

Mas tarde, cuando el padre Lorenzo entró al galpón, sonrió al ver que la espada de San Miguel había vuelto a su posición original, apuntando al dragón. La intervención celestial ya había cesado.

Con el correr de los días, las cosechas revivieron y la vida regresó a la normalidad. Los colonos agradecidos reconocieron a San Miguel y lo honraron nombrándolo Patrono. Siempre pensaron que ÉL, había elegido obrar el milagro por voluntad propia. Pensaban que por su valentía y protección quiso demostrar su compromiso y decidió manifestarse empuñando su lanza, no como un arma sino justamente para desarmar un problema de características infernales. La devoción no era un mandato sino un acto de gratitud, tenían la certeza de que el príncipe San Miguel había decidido escuchar y responder.


Autora: Susana Liruso


Susana, además de ser una de las voces más autorizadas de la didáctica del Inglés en Argentina, es una de las mentes más lúcidas con quien me cruzó la profesión y sobre todo, es una mujer generosa y transparente. ¡Gracias, mi querida Susana, por compartirnos este relato!


 
 
 

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