¿Por qué yo no?
- milfrondas

- Mar 14, 2020
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Alta, flaca, enjuta, pero de una belleza indomable. Elisa era la tercera de seis hermanos. Lejos, la más brava de todos. Mechones del cabello rojizo recogido le caían sobre los ojos celestes cuando ensillaba su zaino, y salía a hacer los trabajos del campo. Se vestía de amazona, con brechas y polainas. Las faldas sueltas no iban con ella, como no le iba el molde de mujer de campo de principios de siglo pasado.
Los mozos de la estancia La Turquesa se estaban haciendo grandes. Su padre había venido del Friuli, se había casado con doña Luisa y habían empezado a progresar. Los hermanos más grandes se fueron haciendo cargo del campo, y acostumbrados a vivir con el cuchillo entre los dientes, se mezclaban progresos y traiciones, alegrías y profundos rencores.
Elisa era una más de los hombres para las tareas del campo. Brava como ella sola, era la que iba cuando había que negociar el precio de la verdura o vender la grapa. Luis, el menor de los hermanos, era el que le tenía más recelo, hasta el punto de una discusión que terminó con un tiro de escopeta en la pared, poco después de morir los padres, porque ella se iba guardando los cubiertos de plata, el oro o la porcelana que los viejos habían traído de Italia. Pero así también era capaz de defender a sus hermanos a muerte si hacía falta.
Un tal Ramiro Giordano la pretendía, hijo de un quintero vecino, pero ella no lo quiso.
De joven, se iba. Por ahí los domingos a la tarde, por ahí un par de días. Y después volvía a La Turquesa sin dar explicaciones. Es más, insultando si se las pedían.
Se había enamorado de Pablo Ferrara, el hijo de unos comerciantes ricos, cerca del mercado. Y con un carácter apasionado, indomable, así también debía ser su amor. Porque, por encima de todo era mujer, y necesitaba ser amada.
Un día armó sus cosas y se fue. Desapareció. Se había venido a trabajar de sirvienta a la ciudad, a la casa de María Ferrara. Seguramente el plan era conquistar a su hijo.
Su familia no supo más de ella. Sólo Juan, el hermano que le seguía, sabía dónde estaba y ella le había hecho jurar que no diría nada. De vez en cuando, de vuelta del mercado, Juan pasaba a verla. Pero en una de esas visitas la dueña de la casa le anunció:
- No, Elisa hace tiempo que no trabaja más acá.
La esperaron. Averiguaron. Nadie sabía de ella.
Pasó cerca de un año. Un día Juan, volviendo del mercado la vio parada en el paso a nivel del camino a La Turquesa, con una criatura de unos seis meses en los brazos. Estaba arruinada y flaca, pero igual el corazón le dio un salto por la alegría de ver a su hermana.
Logró convencerla, la subió a la jardinera y la llevó de vuelta a casa. Cuando llegó Don Juan, con esa mujer y esa criatura se tuvieron que convencer de que lo que sucedía.
- Má, ¿cómo va a ser tuya, Elisa? –le preguntaba incrédula la mujer de Juan. De verdad no podía entender cómo se hacía para tener un hijo sin estar casada.
No le creían. Entonces ella se levantó la blusa y prendió la chiquita al pecho. Se convencieron de que Elisa había tenido una hija. Y la recibieron de vuelta en la casa.
Al día siguiente fue al galpón de Juan donde había dejado sus cosas. Desempolvó la montura y bajó unos fardos de ropa y fue recomenzando su vida en La Turquesa.
A veces les dejaba su hija a las cuñadas y salía a la mañana hacia los campos del Norte, en el zaino bien ensillado. Tenía que darle un rumbo a su vida.
Juan Messina siempre la había querido, y aunque ella no lo amaba ni lo admiraba, sabía que él estaba.
Lo encontró juntando maíz en el fondo del campo de Brandolini y se acercó. Dejó su caballo y conversaron bajo el sol de la mañana un largo rato, hasta que él se acercó un poco y le pasó una mano sobre el cabello.
Él se haría cargo de su hija, se casarían y construirían su casa en una esquina de la tierra de La Turquesa. Y así hicieron.
Por fin había armado su vida, pero por dentro se sentía amarga. Alba era la contra cara de su madre. Le había tocado una hija dócil, mansa, y muchas veces descargaba su ira con ella. Le pegaba o la menospreciaba. Si se arrepentía, jamás lo demostró. Se tomaba media botella de vino y se iba a su pieza hasta el día siguiente. La anotó media pupila en el convento de las Mercedarias y la llevaba en el carro, aunque a ella la avergonzaba. Tampoco fue feliz con su marido, aunque se mantuvieron juntos hasta que él se cansó y la dejó. Dicen que se fue a vivir al norte con una mediera de manos calientes.
Los años pasaron. Alba se casó, se vino a vivir a la ciudad y tuvo varios hijos con un hombre que la hizo sufrir, como su madre.
Elisa seguía estando al frente del campo. Sin embargo, de a poco iba perdiendo fuerza. Una tarde, mientras marcaban los animales en el corral, un toro le clavó los cuernos en la pierna. No la tiró. No pasó ni un día en cama, pero la herida nunca se curó. Una herida lenta y traicionera fue tomando posesión de su pierna, y la infección la fue debilitando de a poco hasta que no se pudo levantar más, y su hija le hizo un lugar en su casa, donde años más tarde murió.
Siempre, desde chica, me cautivó la historia de esta mujer de mi familia. A lo mejor, con su carácter inmanejable y tirano, atrincheraba una enorme necesidad de ser aceptada y amada. Y creo que fue la única que apostó todo –todo- por el hombre que amó. Él no lo hizo. ¿Ganó? ¿Perdió? Se quedó con un hijo de él. ¿Fue suficiente? Seguramente no. Esa necesidad de amar y admirar a un hombre la acompañó siempre y tal vez se fue reclamándole al destino ¿y por qué no yo?





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