Un gusto conocerte
- milfrondas

- Feb 21, 2020
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Octavio ya estaba medio grande para sexto grado. Un poco porque vivía en el campo y empezó tarde y además le costaba mucho. Él quería trabajar para tener plata. Vivía al norte de Tosno, con su madre y su marido, y los hijos de esta nueva pareja.
Se había hecho amigo del maestro, y le había contado que lo que él quería era encontrar a su papá. Capaz que ni sabía que tenía un hijo. Si no, no se explicaba cómo nunca se había molestado en buscarlo, en venir a verlo. Mil veces se lo había pedido a su mamá, pero ella evadía el tema. Le decía que era bueno, que se había ido a la ciudad a trabajar, y que cuando mejorara la situación iba a volver. Pero Octavio necesitaba escuchar la historia de boca de su propio padre. Así, no le cerraba.
El chico había trabajado en la cosecha de aceitunas en el verano, y le había contado al maestro que algún día iría a buscarlo.
En esos últimos meses, su mamá se había enfermado. A veces ni se levantaba de la cama. A él se le había metido en la cabeza la idea de que, si ella se moría, él se quedaba solo.
Ese día, como siempre caminó los dos kilómetros hasta la ruta, y esperó el colectivo que venía del norte. Era el que tomaba todos los días hasta Tosno para ir a la escuela, pero ese día era distinto. El viento del invierno le dejaba la cara tirante y debajo de la campera inflable no se le notaba que no llevaba puesto el guardapolvo. De tanto en tanto se tocaba el bolsillo para confirmar que el dinero y la hoja doblada todavía estaban ahí.
Subió al colectivo y el chofer lo saludó.
- Hola Octavio, ¿y el abono?
- No, hoy sigo de largo. ¿Cuánto es a Córdoba?
Antes de arrancar lo miró extrañado
- ¿A Córdoba? ¿Vas a la ciudad? ¿Y tu mamá sabe?
- Sí, ¿cuánto es? –insistió él.
- 350. Pero… ¿tenés?
- Sí, acá está. –Sacó unos billetes abollados del bolsillo y se los dio, estirando la mano áspera.
Se sentó bien atrás para no tener que conversar con nadie. Nunca había ido a la ciudad. Le daba miedo. Pero allá estaba su papá. Una vez que lo encontrara estaría más seguro. Sólo quería conocerlo y después se volvería, pero ya no iba a ser un bastardo.
De tanto en tanto, sacaba el papel y volvía a leerlo: “Ramón Sosa. Dumesnil 4832, Villa el Libertador, Córdoba, 5000”. Lo había copiado a escondidas del manojo de cartas que le había descubierto a su mamá.
La ciudad le pareció un monstruo. Los autos, el humo, el ruido… Un cuidador de autos atrás de la terminal lo vio perdido y se le acercó. Al verlo chico y solo, le mostró un revolver adentro de su chaqueta y le robó todo lo que llevaba. Aterrorizado, se alejó como un perro golpeado. Lloraba de la impotencia y el miedo. Entonces se acordó de lo que siempre le decía su maestro: no abandonés, siempre podés un poco más. Y sacó el vuelto que le había quedado en el bolsillo y se las ingenió para tomar un colectivo y llegar a Villa el Libertador. ¿Existía la dirección? ¿Todavía viviría su padre ahí? Seguro que se iba a alegrar de verlo.
La mayoría de las casas, humildes, no tenían número, había chicos en la calle, música fuerte salía por las ventanas, muchachos en las esquinas, zapatillas colgadas de los cables, un submundo de casas sin revocar. Preguntó en un taller mecánico y le dijeron que Ramón vivía en la casa donde estaba el Rastrojero roto, antes de la esquina. Se acomodó la ropa. La tarde se iba poniendo fría. O a él le sudaban las manos por los nervios.
Golpeó las manos y esperó. Ladraron los perros y una mujer se asomó a la ventana.
- ¿Está Ramón Sosa? –preguntó Octavio. Apenas si le salía la voz.
- ¿Y quién lo busca? -contestó ella, acodada en la ventana.
- Su hijo.
La cara de la mujer se transformó de ira, que se podía leer sin palabras, y luego se calmó.
-No, chico, acá no vive ningún Ramón Sosa.
-Pero me dijeron…
-Te digo que no. Ahora dejá de joder y ándate. –y cerró la ventana.
Octavio se volvió sobre sus pasos dos o tres casas y se sentó en el cordón de la vereda. El mundo se le había derrumbado. Luego de un rato volvió al taller, sin saber a qué otro lugar recurrir.
-Don, dice que no es la casa de Ramón Sosa.
- ¡Qué no va a ser! –exclamó el mecánico- pero ¿vos quién sos, pibe?
- Soy el hijo. Bah, él no me conoce, vengo de Tosno.
- Ah, miércole… -soltó el hombre, entendiendo por qué la esposa de Ramón lo había echado. Era más celosa que una leona. Pero el chico le dio lástima.
- Mirá, sí. Es la casa de Ramón. Yo te voy a dar una mano, pero después te vas, ¿sí?
-Sí, Don.
- Bueno, él es albañil. Viene de la obra en un rato. Cuando llegue, yo lo voy a traer, diciéndole que ya tengo los repuestos del Rastrojero y ustedes hablan un poco acá.
- Gracias, Don. Y Octavio se quedó sentado en la tapia como un perro fiel, esperando.
Desde la esquina vio venir un grandote, con la camisa arremangada. Era él. El corazón le latía muy fuerte. El mecánico se adelantó hasta la mitad de la cuadra. Octavio vio cómo Ramón se agarraba la cabeza, miraba hacia donde estaba él y hacía gestos con sus brazos. Octavio estaba inmóvil. Había esperado esto toda su vida y ahora no sabía qué hacer. Ramón se le acercó observándolo.
-Ho-hola –comenzó intentando actuar como un hombre.
-Así que vos venís de Tosno…
- Sí, señor.
- Y sos… hijo de Rita Montero.
- Sí – sacó del bolsillo una foto chiquita de ella- Me llamo Octavio Montero, señor. Pero usted es mi papá.
A Ramón le pasó media vida por delante. Un destino del que se quiso escapar. Un chico, fruto de un baile de verano. Él se vino a la ciudad y comenzó su vida acá.
- Mirá, chico, si ella te manda…
- No, señor. Ella no me manda. No sabe que vine.
- Já, mirá si te voy a creer. Decile que no me vuelva a mandar ni una carta más, ni que menos me mande el crío. Esa es su vida. Y yo tengo la mía acá ¿Está claro? Y ahora mandate a mudar y no te quiero ver…. -Se detuvo cuando un par de chiquillos que venían corriendo de su casa se le colgaron de los bolsillos. Él se dio vuelta y se fue con ellos.
Y a Octavio le quedó clara cómo era la situación.





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