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Yo morí un poco ese día

Updated: Aug 23, 2025

Él siempre había ejercido una especie de autoridad sobre mí y eso es lo que me cautivaba. Yo era una mujer de mundo, con muy pocas ataduras, algo inusual para esa época, que solo se entendía con una madre alcohólica y un padre violento. Escapar, simular, pasar desapercibida eran parte de mí. Después me fui mezclando con los hombres que frecuentaban el Café de Marge, en Yugoslavia, a los que encontraba infinitamente más entretenidos que hablar de recetas con las mujeres. Entre ellos me sentía una más, ahí pertenecía. También sabía que ejercía una atracción sobre ellos y fui aprendiendo a utilizarla a mi favor. Cuando uno está tan necesitado en la vida, va adoptando las habilidades necesarias para sobrevivir. Y mi vida consistió en eso. Sólo que, siendo valiente y decidida, siento que perdí más de lo que gané.


Por ese momento, al estallar la Segunda Guerra, me había acercado al grupo de Gustav Chejov, un oficial encubierto del Partido Comunista. Él y los suyos tenían la misión de espiar a empresarios y personajes yugoslavos para detectar traidores al régimen que negociaban con Alemania. Ellos, especialmente Gustav, me enseñaron las artes y los trucos necesarios para traficar información. Y durante ese entrenamiento se fue encendiendo entre Gustav y yo la chispa de un amor que en poco tiempo se hizo incontenible, y que irremediablemente me arrojaba a sus brazos cada vez que nos encontrábamos, a pesar de saber que era casado, y con la hija del Ministro de Defensa.

Me movía con una fluidez tan natural en ese ambiente de seducción, intrigas y traiciones, que cada vez me iban encargando misiones más arriesgadas. Gustav y los suyos sabían que lo podía manejar. Era un mundo frío y racional que sólo encontraba equilibrio en el tiempo que compartía con Gustav. Lo veía llegar con su sobretodo gris y su traje planchado a la perfección, seguramente por su esposa, y el resto del mundo desaparecía.


De las pocas cosas que me llevaré cuando me muera serán las interminables noches en mi pequeño departamento de Belgrado, desnudos, al calor del hogar y entregándonos sin condiciones. A él lo perdía el sabor del cognac en mi boca, impregnado de rouge. Y a mí me quedó marcado a fuego el perfume inolvidable de su piel.


Cada vez me costaba más seducir a otros hombres para sonsacarles información. Antes del fin de la guerra, Gustav y su grupo me encomendaron una misión que, según me dijeron, era crucial. Tenía que investigar a Sergei Besevik, uno de los ministros del gobierno, que estaba sospechado de comprar armas a Alemania. Yo sabía bien qué hacer y no tardó en caer. Me había armado un personaje de una profesora de música, que con mi aspecto frágil y lo poco que sabía de arte, él creyó sin dudar. Con el tiempo fui consiguiendo de él invalorable información. Me había ganado su confianza. Sergei era íntimo amigo del Ministro de Defensa. Me interesó y comencé a zonsacarle información, por curiosidad personal, sobre los suegros de Gustav y su familia.

Una noche, en una de esas charlas relajadas que se suelen dar después del sexo, cigarrillos y copas en mano, me quedé paralizada. Se sospechaba que el yerno del Ministro de Defensa estaba teniendo un affair y lo estaban siguiendo para asesinarlo a él y a su amante. Además, Sergei suponía que su propia detención era inminente. Era verdad que estaba implicado en la compra de armas a los alemanes y, cuando esto se supiera, todos le soltarían la mano.

Esa noche me vi obligada a tomar una decisión que cambiaría el rumbo de mi vida.

- Aleksandra, sabes que estoy en peligro. Mañana a la madrugada me voy. Cruzaré la frontera hacia el este. Allá me esperan y después me voy a América. Vente conmigo –me ofreció Sergei.

Otra vez me quedé paralizada. Sergei estaba en peligro. Lo que él no sabía es que yo también. Y Gustav. Irme me salvaría la vida, y más importante, le salvaría la vida a él.


Acepté.


Al día siguiente le dejé una nota a Gustav en el café y empaqué mis pocas cosas. Estaba decidida, pero el corazón me lloraba nunca.

Al atardecer me sobresaltaron unos golpes suaves a la puerta. Sabía que era él. Le abrí y entró con el ruido característico de sus pasos sobre el piso de madera. Parecía más hermoso que nunca y el corazón me latía en las sienes. La conversación fue un largo reproche de su parte, por mi relación con Sergei, por no haberle dicho que estaba en peligro para decidir juntos…

- ¡Escapémonos ya mismo! –me pidió viéndome casi perdida.

- Pero Gustav… ¿no ves que es una locura? ¿Que te están siguiendo? Ahora

mismo podrían entrar y matarnos. No entiendo cómo todavía no lo han hecho…

- Te aseguro que no me importa –me interrumpió él.

- A mí sí. Por eso me voy. Mi vida no vale, ya está jugada…

- No digas eso –intentó convencerme.

- Es así, pero la tuya… tus hijos…sí.

Por fin se acercó y me rodeó con sus brazos. Hicimos el amor de la forma más intensa y apasionada que viví en mi vida. La noche pasó silenciosa y helada como suele pasar la muerte.

Endurecí mi corazón, le ayudé una vez más a vestirse frente al fuego de la chimenea como tanto me gustaba y lo despedí con un beso, sin más palabras que:

- Tienes que irte o te fusilarán aquí mismo si te encuentran. Es mejor así…


Fue la decisión más difícil y trascendente de mi vida. Y tomé la decisión equivocada.


Esa madrugada me reuní con Sergei como habíamos acordado. Logramos escapar. Armé mi familia con un hombre relativamente bueno al que nunca amé. Llegué a vieja aquí, en América. Pero no dejé de extrañar a Gustav ni un solo día. Yo sé que morí un poco esa noche. Debí haber elegido morir con él de una vez, a vivir como muerta, dejando mi alma en aquel departamento de Belgrado.


Autora: Mabel Luchetti



 
 
 

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